jueves, 1 de julio de 2010

1974. POSTALES DE UNA MUERTE ANUNCIADA


El 12 de junio de 1974, hacía mucho frío. Llegué alrededor de las seis de la tarde a casa y allí mis padres estaban mirando por televisión al Presidente de la Nación Juan D. Perón -quien entonces desde mis pocos años me pareció muy viejito- enfundado en un sobretodo completamente abotonado, y que con una voz cascada decía eso de “me llevo en los oídos la más maravillosa música…la voz del pueblo…”. Esas palabras y el tono me causaron emoción y una profunda impresión que aún siento (Doxa).



El 29 de junio de 1974, a eso de las tres de la tarde salía de hacer lo que hoy denominamos trabajo comunitario con los chicos de los conventillos de la calle Moreno, en “el bajo”, en un lugarcito sito en esa calle entre Balcarce y Defensa. Iba con una amiga, recuerdo que la tarde estaba nublada y al cruzar la Plaza de Mayo miramos hacia la Casa de Gobierno para ver si la Bandera estaba a media asta, pues todos sabíamos que era inminente la muerte de Perón. La Bandera seguía al tope, no éramos peronistas, pero respiramos con alivió. No sé ¿quizá presentíamos que después correría tanta sangre? (Ágata)



El 1º de julio de 1974 a las 13.45 hs., estaba comiendo con otros compañeros en el bar de mi facultad, que pertenecía a una universidad privada, casi por segundo nos parábamos de la mesa para acercarnos a la radio y escuchar si había alguna noticia sobre la salud de Perón. Alguien decía que estaba muerto pero que iban a dar la noticia recién cuando cerrara la Bolsa. Antes de las 14 anunciaron el fallecimiento. Como era integrante de la comisión directiva del centro de estudiantes, y la única de esa comisión presente encabecé el grupo de alumnos que fue a pedir la suspensión de las clases al Secretario Académico. Quienes me acompañaban tenían los ojos llenos de lágrimas, eran seguidores, admiradores o militantes de Perón, la única que no tenía militancia en nada era yo. Sin embargo como representante de los estudiantes por mi cargo fui la que más discutió sobre la obligatoriedad de poner a la facultad de luto por el Excelentísimo Señor Presidente de la Nación, más allá de que la institución fuera bastante reacia a ello. Lo conseguí. Y entonces les pedí a aquéllos chicos peronistas que nunca habían pisado el local del centro de estudiantes, porque nos consideraban “gorilas”, que me ayudaran a preparar dos grandes cartulinas con doble raya cruzada (de luto) en las que se expresara que adheríamos al duelo por el fallecimiento del Presidente de la Nación. Los preparamos y abrimos nuestras carteleras cubiertas de vidrio y cerradas con candado, sacamos todo el material expuesto y sólo pusimos los carteles. Después me ayudaron a llevar todo lo que tuvimos que sacar al local y conciente del momento histórico que vivíamos me fui a tomar un café con ellos. No adherí al peronismo, pero en la “facu”, de ahí en más me trataron siempre de "peruca". (Huila)



El 1º de julio de 1974, a media tarde vino mi vecina Cristina, que era algo mayor que yo y militaba en el peronismo –como en el barrio yo venía a ser como la amiguita Libertad de Mafalda-, no entendí nunca en que ala, ni porqué tenía alas ese movimiento que para mí era de derecha. Esta chica entró en casa porque en la suya todavía no había llegado nadie y mientras lloraba como si se hubiera muerto su papá decía “ya van a ver lo que va a pasara ahora…cuando se nos vengan los negros a reclamarnos por no saber que hacer… esos que si son peronistas de verdad… se va a venir todo el pueblo a reclamar a la plaza”. Con los años entendí que se debía estar refiriendo a exigir la renuncia de Isabel y la elección de un presidente peronista que representara a los trabajadores. Ahora caigo que entonces había trabajadores y casi ningún desocupado al revés que hoy. Pero se equivocó pasarían cosas horribles y 27 años hasta que la gente común fuera a la Plaza a echar a un gobierno por sí sola (Rosilu)

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